De la importancia de la provincia de Hispania en el mundo romano
da fe la existencia de tres emperadores originarios de estas tierras:
Trajano,
Adriano y Teodosio. Adriano había nacido en la ciudad bética
de Itálica,
en el seno de una familia romana. Al quedar huérfano, fue adoptado
por el emperador Trajano, costumbre muy habitual en la sociedad romana.
Cuando Trajano falleció fue sucedido por su hijo adoptivo quien
tomó el nombre de César Trajano Adriano Augusto. Quizá
para asemejarse al primer Augusto buscó la paz como máximo
objetivo por lo que finalizó la larga y sangrienta guerra contra
los partos, abandonando el control de Asiria, Mesopotamia y Armenia.
La disminución del territorio imperial provocó cierto
descontento entre algunos miembros de la clase militar que se conjuraron
contra el emperador. La conjura fue descubierta y los participantes
castigados. De esta manera veía reforzada su posición
y podía poner en marcha su programa. Uno de sus primeros objetivos
sería conocer los problemas de los súbditos imperiales
por lo que llevó a cabo una amplia serie de viajes por todos
los confines del Imperio, haciéndose eco de las necesidades
que le eran presentadas. En su cortejo viajaba un numeroso grupo de
técnicos que ofrecían posibles soluciones a los problemas
planteados. La Galia, Britania -donde levantó una muralla de
117 km entre el mar del Norte e Irlanda- y Germania fueron las primeras
etapas del viaje, permaneciendo alejado de Roma por un período
de dos años. África y Siria serían sus próximos
destinos, poniendo fin a este periplo por Oriente en Grecia, el territorio
más admirado por Adriano que se reconocía enamorado
de todo lo heleno. Será en el año 134 cuando regrese
definitivamente a Roma tras diversos viajes por la zona occidental
del Imperio. Este momento de paz trajo prosperidad económica
al imperio.. La paz que vivió Roma en estos años se
vio alterada por la sublevación de Judea entre los años
131-134. La revuelta estalló porque Adriano prohibió
la circuncisión y pensó fundar un santuario a Júpiter
en el lugar del templo de Jerusalén. Tras varios años
de sangrientos combates, la rebelión fue sofocada. Adriano
también se interesó por las reformas administrativas
y económicas. El Senado vio como sus poderes eran entregados
al Consejo Imperial, dividiendo en diferentes ramas sus competencias
y colocando al frente de cada área a un ministro, dependiente
directamente del emperador. El consejo privado del emperador pasó
a ser público y la hacienda sufrió importantes reformas.
Como la mayoría de los emperadores, Adriano también
dejó sus construcciones en la ciudad de Roma. Cerca del Tíber
levantó un gigantesco mausoleo que será la base del
castell Sant´Angelo. En las cercanías de Tívoli
edificó una suntuosa villa que recibe el nombre de Villa Adriana
donde recogió las reproducciones de las obras de arte que más
le impresionaron durante sus viajes y también hizo construir
en Britania su famoso muro que dividia la isla en dos con una logitud
de 117 Km. El
muro de Adriano.
Los últimos años del emperador fueron un continuo sufrimiento
debido a los frecuentes ataques de melancolía, recordando la
muerte de su querido Antinoo en el Nilo y el fallecimiento de su hijo
adoptivo, Lucio Cejonio Cómodo Vero. Como sucesor eligió
a Antonino Pío.