Lucio Marcio Filipo, segundo esposo de su madre,
quien impuso una férrea disciplina a la educación del
joven. Pero el personaje con más ascendente en la política
romana de esos años no tardó en granjearse la amistad
del joven. En el año 45 a.C. Julio César adopta a Octavio
quien, desde ese momento, se llamará Cayo Julio César
Octaviano. Ese mismo año acompañó al dictador
a las campañas militares en España, donde tomó
un claro partido durante la guerra civil. Octaviano fue enviado al
Épiro por César para detener a los partos. En este lugar
recibió la noticia que provocaría su abierta participación
en política: el asesinato de su padre adoptivo (15 de marzo
del año 44 a.C.).
Ante el dramático panorama
que se ceñía sobre Roma, Antonio, como lugarteniente de
César, se hizo cargo de la situación. Con cierto apoyo
del Senado, la alianza de Lépido - que controlaba la caballería-
y buena parte de la plebe, Antonio consiguió controlar parcialmente
los resortes del poder. Pero Octaviano decidió regresar a Roma
para recibir la herencia del dictador y convertirse en su vengador.
En mayo llegó a la ciudad no sólo para recoger las riquezas
del difunto César sino para abrirse paso en la complicada y tensa
tela de araña de la política romana. Sus primeros pasos
fueron encaminados a poner de manifiesto el carácter divino de
su padre adoptivo, viéndose favorecido por la aparición
de un cometa en unos Juegos. Este prodigio fue considerado por la muchedumbre
como una clara y evidente señal. Octaviano había conseguido
su primer triunfo ante sus más directos rivales precisamente
cuando Antonio pasaba por sus momentos más bajos entre los partidarios
de César.
Antonio se alejó de los asesinos -Bruto
y Casio eran enviados a Creta y Cirene como gobernadores - y se dispuso
a realizar una maniobra de acercamiento a Octaviano. Pero el heredero
de César cometió un grave error: reclutó a los
veteranos y marchó sobre Roma para alzarse con el poder (10
de noviembre), quizá con la esperanza de contar con el apoyo
de los partidarios de César. El enfrentamiento entre sus tropas
y las de Antonio no llegó a producirse por la negativa de los
soldados a combatir. Octaviano tuvo que huir al norte, atrincherándose
en Arezzo donde esperó la llegada de Antonio. Dos de las legiones
de éste desertaron a favor de Octaviano y Antonio decidió
marchar sobre la Galia Cisalpina para luchar contra Décimo
Bruto. En enero de 43 a.C. el Senado daba un vuelco a la situación
gracias a Cicerón. Los ejércitos de Octaviano y Décimo
eran considerados legales mientras Antonio debía deponer sus
armas. Antonio se negó y el Senado se dispuso a hacer frente
al rebelde. En abril Antonio sufría dos contundentes derrotas
pero los generales Hircio y Parsa, enviados por el Senado para luchar
contra el rebelde, murieron en combate. Con Antonio exiliado en la
Narbonense y los dos generales muertos, Octaviano parecía convertirse
en el nuevo dueño de la situación. Sin embargo, las
cosas cambiaron cuando las provincias occidentales constituyeron un
sólido bloque dirigido por hombres cercanos al difunto César.
Octaviano quedaba encuadrado entre los republicanos al haber participado
claramente como miembro del Senado contra Antonio. El joven supo manejar
sus cartas y realizó una maniobra difícil de prever:
se dirigió con sus tropas a Roma para reclamar el consulado.
El Senado envió contra él tres legiones que se pusieron
de su lado sin combatir. Octaviano accedía al consulado de
la mano del ejército y del pueblo romano.
Corría el 19 de agosto de 43 a.C. y
Octavio se presentaba como representante de la legalidad frente a
los rebeldes de Occidente y los asesinos de César que gobernaban
en Oriente. En las cercanías de Bolonia se establecía
el Segundo Triunvirato entre Octavio, Lépido y Antonio. Su
objetivo era el restablecimiento de la autoridad estatal, iniciándose
un período de persecución contra los republicanos. Numerosos
senadores y caballeros fueron condenados a muerte sin juicio previo;
los supervivientes tuvieron que huir o esconderse. Se llegaron a ofrecer
25.000 dracmas por las cabezas de los que huían. La guerra
civil era inminente pero Octaviano había jurado solemnemente
vengar a los asesinos de su padre y ahora se le proporcionaba la ansiada
oportunidad. Republicanos y cesaristas se vieron las caras en la batalla
de Filipos (23 de octubre de 42 a.C.). La victoria parecía
sonreír en un principio a los republicanos ya que la formación
de Octaviano fue rota por el empuje de Bruto. Pero Casio, erróneamente,
creyó que todo estaba perdido al verse atacado por Antonio,
optando por el suicidio. Bruto huyó y dos semanas más
tarde lo intentó de nuevo pero la victoria sonrió a
Octaviano y Antonio. Viendo todo perdido, Bruto corrió la misma
suerte que su amigo Casio. Los dos eventuales aliados se repartieron
el botín: Antonio partía para Oriente con el objetivo
de conquistar el Asia interior y Octaviano se dirigía a Roma
para gobernar Italia. Filipos había supuesto un golpe definitivo
contra la República y la aristocracia, cuyos más insignes
miembros murieron en el combate o en los numerosos suicidios que siguieron
a la derrota. La labor desempeñada por Octaviano en Roma no
era muy grata ya que la inflación y el paro subían al
tiempo que Sexto Pompeyo amenazaba con rebelarse en Hispania, lo que
motivó el bloqueo de los aprovisionamientos.
A esto debemos añadir el amplio reparto
de tierras entre los veteranos de las legiones, medida que no satisfizo
a los campesinos italianos que tuvieron que ceder buena parte de sus
tierras a los militares licenciados. La tensión es aprovechada
por Lucio Antonio -hermano de Antonio que era animado a la revuelta
por su cuñada, Fulvia- para sublevar a los habitantes de la
región de Perusa mientras Asinio Polión ocupa la Galia
Cisalpina por orden de Antonio. Octaviano está contra las cuerdas
pero reacciona y, gracias a su buen amigo Agripa, asedia la ciudad
de Perusia que acaba siendo tomada y saqueada en los primeros días
del año 40 a.C. Antonio quiso reaccionar e intentó penetrar
en Italia al frente de un ejército pero se le prohibió
el acceso en Brindisi.
Los italianos estaban hartos de guerra por
lo que se imponía la paz. Mecenas y Polión, representando
a Octavio y Antonio respectivamente, firmaban un tratado en el que
se repartían el mundo conocido: Octavio recibía la zona
occidental, Antonio la oriental y Lépido se debía de
contentar con África. El pacto de Brindisi se refrendaba con
el matrimonio entre Antonio y la hermana de Octavio, Octavia. Esta
alianza parecía traer a Italia la tan ansiada paz pero pronto
se vio alterada por el ataque de Octavio a Sexto Pompeyo, dueño
del mar y promotor del boicot a la entrada de grano en Italia. La
maniobra acabó en desastre para Octavio que tuvo que recurrir
a la solicitud de ayuda de Antonio, firmándose un nuevo pacto
entre ambos en Tarento (38 a.C.) por el que se prorrogó el
triunvirato durante cinco años. La ayuda de Antonio se manifestó
en 120 barcos con los que Agripa se dispuso a acabar con Sexto Pompeyo,
invadiendo sus bases de Sicilia.
La victoria sonreía de nuevo a Octavio
(Nauloco, 3 de septiembre de 36 a.C.) y el grano volvía a fluir
en Roma. Paulatinamente, la estrella de Octavio inicia un vertiginoso
ascenso apoyado por su política de reparto de tierras entre
los soldados licenciados (ahora fuera de Italia para evitar tensiones
con los campesinos) y su importante programa de obras públicas
en Roma, diseñado por Agripa y en el que encontramos la construcción
de acueductos, fuentes y el saneamiento de la Cloaca Máxima.
Italia entera le prestaba juramento y le reclamaba como jefe, según
reza en su testamento. El año 33 a.C. finalizaba el triunvirato
y los dos cónsules elegidos eran partidarios de Antonio. Octavio
no se dejó amilanar y, acompañado de una escolta armada,
entró en la sala de reuniones y expulsó a los cónsules,
nombrando a otros de probada fidelidad. Los cónsules expulsados
y más de 300 senadores se dirigieron a Antonio para solicitar
su apoyo ante el acto de agravio provocado por Octavio, ahora más
asentado todavía en el poder.
Cuando finalizaba el año 32 a.C. Octavio
declaraba la guerra a Cleopatra. Esta maniobra suponía el enfrentamiento
con Antonio que se produjo al año siguiente. La victoria conseguida
sobre Antonio en Accio (2 de septiembre de 31 a.C) permitirá
a Octavio hacerse con el poder definitivo en Roma. Antonio siguió
a su amada Cleopatra a Egipto mientras Octavio desembarcaba en Grecia
para poner paz en la zona, regresando de nuevo a Italia para sofocar
una revuelta. Al año siguiente se dirigió a Asia para
cortar los lazos que aún podía mantener Antonio. En
agosto del año 29 a.C. llegó triunfante al país
del Nilo. Tomada Alejandría, Octavio sólo pudo ver el
cadáver de su enemigo ya que Antonio se suicidó al llegar
a sus oídos la falsa noticia del suicidio de Cleopatra. La
reina de la singular nariz no aguantó las amenazas de Octavio
-quería que paseara su belleza por Roma como miembro de su
cortejo triunfal- y puso fin a su vida.
El rastro de sangre no acabó aquí
ya que Cesarión y el hijo mayor de Antonio y Fulvia fueron
asesinados, mientras que los hijos nacidos de la relación con
Cleopatra fueron enviados a su viuda, Octavia.
Tras la restauración de la paz, Octavio
entrega el poder al Pueblo y el Senado romanos, planteándose
la retirada de la vida política. Este acto formaba parte de
una estrategia premeditada pero los senadores no podían renunciar
al abandono del artífice de la creación del nuevo Imperio.
Por eso, el 16 de enero de 27 a.C. recibe del Senado el nombre de
"Augustus", una nueva denominación oficial que recogía
la grandeza de sus actos. Incluso se propuso llamarle Rómulo,
como el fundador de la ciudad, pero sus amigos le advirtieron del
peligro de denominarse como un rey. Y es que precisamente Augusto
no quería repetir los errores de su padre adoptivo y presentarse
ante la opinión pública como un dictador o un monarca.
El nombre de Augusto tenía buenos augurios
ya que se designaba así a aquellos lugares consagrados que
habían sido elegidos por los augures. Desde ese momento empezaba
una nueva época en la que Augusto concentraba en sus manos
la autoridad pero conservando la apariencia de la libertad republicana.
Como procónsul y cónsul tenía a su cargo la política
exterior y la administración estatal, la autoridad sobre los
demás magistrados y la convocatoria del Senado donde había
alcanzado el título de "princeps senatus", la figura
de mayor jerarquía en la institución. Su autonombramiento
como "imperator" le situaba como jefe supremo de las legiones.
Sin embargo, la tradicional constitución romana no fue suprimida
ni transformada por lo que su "dictadura" estaba cargada
de legalidad. Este período se denomina el principado de Augusto.
Octavio se rodeó de un pequeño
grupo de colaboradores que ejercían la función de gabinete
ministerial. Su labor será crucial para el desarrollo que se
vivirá en este momento. Agripa será el organizador y
promotor de las reformas urbanísticas que se realizaron en
Roma. Mecenas despuntará como promotor cultural y excelente
financiero mientras que entre los generales pronto empezó a
despuntar Tiberio, hijastro de Octavio. También escogió
a veinte senadores entre los aristócratas para formar una especie
de Consejo Asesor y evitar de esta manera la repulsa de la élite
social romana. Una de sus primeras medidas de gobierno será
la devolución al Senado de la gestión de las provincias
que formaban el Imperio, excepto Hispania, Galia y Siria que quedaban
bajo su jurisdicción.
Las continuas sublevaciones que se producían
en estos territorios serían la justificación por las
que mantuvo estas provincias bajo su mando. El año 20 a.C.
el rey parto Fraates entregaba las insignias conquistadas a las tropas
de Craso, lo que suponía una especie de tratado de paz al tiempo
que se instalaban dos reyes vasallos en las fronteras de Asia para
asegurarse los envites partos, estableciendo la frontera común
en el Éufrates. La zona de Judea se convertiría en provincia
(año 6 d.C.) tras la muerte de Herodes. En la Galia, la ciudad
de Lugdunum fue designada como la capital federal una vez pacificadas
las regiones de la Cisalpina y la Narbonense. En este ámbito
de conflicto en las provincias se produjo su llegada a tierras hispanas
para sofocar las revueltas cántabras, fundando Cesar Augusta,
la actual Zaragoza, y Emérita Augusta, la actual Mérida.
En el año 24 a.C. regresa Octavio a
Roma debido a un agravamiento de su enfermedad. Los opositores aprovechan
su oportunidad para mover sus piezas aunque algunos no tengan muchas
opciones como el cónsul Terencio Varrón, condenado a
muerte por traición. Augusto deja temporalmente el poder en
manos de Agripa y el cónsul Calpurnio Pisón.
Su muerte parece inminente pero de manera milagrosa
sobrevive gracias a la receta de un médico griego.
Este año 23 a.C. realiza una nueva reforma
administrativa al renunciar a su nombramiento anual como cónsul
para ocupar el tribunado con el que conseguía el derecho de
veto sobre los demás magistrados. La vida personal de Octavio
tampoco está exenta de ajetreo. Su salud fue siempre muy frágil,
estando afectado de eccema, colitis y bronquitis, enfermedades que
se fueron enconando con el tiempo para convertirse en crónicas
y motivar que siempre tuviera que ir acompañado de un médico,
al tiempo que sentía pánico por las corrientes de aire.
Apenas bebía y comía frugalmente, siendo muy austero
en sus costumbres. Vivía en una pequeña habitación
del palacio de Hortensio en la que no existían lujos. En sus
matrimonios tampoco fue muy dichoso. Como muestra del buen entendimiento
entre Octavio y Antonio se le impuso el matrimonio con Claudia, la
hijastra de su aliado, aunque el enlace no se llegó a consumar.
En el año 40 a.C. se casa con Escribonia,
viuda ya en dos ocasiones, madre de Julia, su hija favorita a pesar
de ser considerada la "viuda alegre" de Roma. Pronto se
divorció para volver a contraer matrimonio con Livia Drusila.
Livia estaba felizmente casada con Tiberio Claudio Nerón y
de este matrimonio nacieron dos hijos: Druso y Tiberio. Pero Octavio
se enamoró de ella - a pesar de estar embarazada de cinco meses-
y convenció a su esposo para que se divorciara y poder matrimoniar
con la bella Livia.
Tampoco hubo descendencia para Octavio de esta
relación. Los últimos años de la vida de Octavio
estarán determinados por la búsqueda de un sucesor.
Los herederos con mayores posibilidades eran sus nietos Gayo y Lucio
César, hijos de Julia y Agripa. Pero estos jóvenes fallecen
entre el año 2 y 4 de nuestra era. Octavio no tiene más
remedio que delegar su sucesión en su hijo adoptivo Tiberio.
Para evitar que la familia Julia se alejara del poder, obligó
a Tiberio a adoptar a Germánico, nieto de Octavia por su madre.
Durante el gobierno de Augusto Roma va a vivir
un extraordinario florecimiento cultural, artístico y literario
que a veces roza la propaganda. Uno de sus principales promotores
será Mecenas -no en balde, con este nombre se designan a los
personajes que favorecen el desarrollo artístico- quien supo
atraerse la amistad de los poetas Virgilio, Horacio o Quintilio, entre
otros.
También conviene destacar la fiebre
arquitectónica que se vivió especialmente en Roma, con
la restauración y la edificación de un amplio número
de templos, basílicas, pórticos, un nuevo foro - Forum
Augusti- para la capital imperial o el famoso teatro Marcelo que todavía
hoy se contempla en parte.
El envejecimiento acentuó el mal carácter
de Augusto, que veía como las gripes y la colitis se hacían
sus inseparables compañeras. Se volvió más suspicaz
e incluso aumentó su crueldad, viendo por todos sitios inexistentes
complots. Precisamente para salvaguardarse de ellos creó la
guardia pretoriana. Las noticias que llegaban del Elba no eran muy
alentadoras. Varo había sido exterminado con tres legiones
por Arminio y la frontera que Druso había establecido en el
Elba tuvo que ser restituida en el Rin. Sus reformas de las costumbres
no habían surtido efecto como se puso de manifiesto con la
inmoral actitud de su nieta, también llamada Julia como su
madre a la que sucedió en escándalos. Tuvo que confinarla
lo que afectó tremendamente a su delicada salud, pensando en
morir de hambre.
No resistió mucho más
y falleció en las cercanías de Nola, en la Campania, el
15 de marzo del año 14, a los 77 años de edad, después
de una bronquitis. Su cadáver fue portado por toda Roma a hombros
de los senadores siendo quemado en el Campo de Marte. Tras su muerte
vendría su divinización por el pueblo.