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Tras el asesinato de Julio César, el desengaño mas amargo se ofreció a los asesinos tras su atroz delito; el Senado, a quien Bruto quería anunciar que se le habían devuelto sus antiguos derechos, se había disuelto aterrado; el pueblo, también presa del terror escapaba ante los asesinos, los cuales recorrían en parejas las calles de Roma daga en mano y mostrando un pica en la que colgaba un gorro frigio, símbolo de la libertad. El miedo a la anarquía se extendió a todo y a todos; pero la prudencia del cónsul M. Antonio contuvo el azote y devolvió a los ánimos la calma. Viendo a los principales ciudadanos obligados por el pueblo a pensar en defenderse y en fortificarse sobre el Capitolio al amparo de los gladiadores, Antonio recobró el valor y, puesto de acuerdo con Lépido, jefe de los caballeros (equites), hizo acudir al campo de Marte (campo Marcio) la legión situada en la isla Tiberina, convocando al Senado para el 17 de marzo en el templo de la Tierra, en el mismo Capitolio. El propio Antonio, aprovechando la tregua del espanto general, había hecho llevar a su casa el tesoro público y recogido también de manos de Calpurnia el peculio de César. (Unos 4.000 talentos) La sesión del Senado fue tempestuosa, en armonía con la inmensa responsabilidad que sobre los padres pesaba; se quería por una parte que se declarase a César tirano, lo que llevaba implícito la anulación de todo sus actos y el pase del poder a las manos de sus asesinos. Por otra parte se pedía el castigo de estos, lo que podía significar la guerra civil. |
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Cicerón propuso una transacción, pidiendo el reconocimiento de los derechos adquiridos, el olvido del pasado y la amnistía, lo cual fue aceptado por el Senado. Al día siguiente fue convocado el pueblo en el Foro. Cicerón les habló nuevamente de paz y de amor y logró conmover los: los asesinos de César fueron invitados a bajar del Capitolio, y Antonio y Lépido les mandaron sus propios hijos como garantía de su seguridad: Camilo Donabella, a quien César había hecho cónsul dimitiendo para que lo fuera, y que, sin embargo, se unió a los conjurados, se re concilió con el colega Antonio; éste llevó a comer a su casa a Casio; Lépido convido a Bruto: la reconciliación no podía tener apariencias más tranquilizadoras; pero el fondo de todo ello no era lo mismo: en medio de estas demostraciones externas de concordia, Antonio maquinaba un plan para hacer pasar a sus manos la dirección suprema. No habiendo sido César declarado tirano, y respetándose sus actos, se debía respetar su testamento y hacerle públicas honras. Las disposiciones del testamento eran la mejor de las censuras para sus asesinos: César adoptaba como hijo a su sobrino Cayo Octavio y lo nombraba su heredero universal, a quien en caso de muerte debían sustituir M. Antonio y Décimo Bruto: si Calpurnia le daba algún hijo, nombraba sus tutores a algunos de los que figuraron entres sus asesinos, y a otros de ellos les dejaba legados considerables; por último cedía al pueblo sus jardines de trastevere, con 300 sestercios por cabeza para cada uno de los 150.000 ciudadanos que eran mantenidos por el Estado. La conmoción general por tanta generosidad llegó al delirio y se convirtió en furor en la escena preparada por Antonio en los funerales. La hoguera había sido alzada en el campo de Marte; pero el elogio fúnebre debía ser pronunciado en el Foro. Allí fue llevado el cadáver sobre un lecho de marfil y depositado al pie de las tribunas. Antonio comenzó su oración dando lectura a los decretos del Senado que concedían a César honores divinos y lo declaraban santo, inviolable y padre de la patria; diciendo que lo hacia así porque la patria misma, y no un hombre solo, era quien debe hacer, la primera, el elogio de un ciudadano tan grande; en seguida juró a los dioses que estaba dispuesto a vengarlo y cerró la escena dramática presentando al pueblo la toga ensangrentada del dictador y su cuerpo inanimado, donde se veían 23 heridas. Ante aquel espectáculo, el pueblo rugió de ira y de deseo de venganza: unos querían que el cadáver se quemase en la Curia Ponpeya, donde se había cometido el crimen; otros pedían que la última ceremonia se cumpliese en el templo de Júpiter Capitolino. Durante esta disputa dos hombres se adelantaron hasta el féretro y le prendieron fuego; entonces fue improvisada una singular hoguera: las sillas y los bancos de los magistrados, armas y coronas, adornos mujeriles, todo objeto de precio que los asistentes llevaban sobre sí, todo fue arrojado a las llamas. Consumida la hoguera, la multitud corrió hacia las casas de los conjurados para quemarlas también; pero la enérgica oposición de Antonio impidió esta venganza. Una sola casa fue incendiada, la de L. Bellieno, y la sola víctima fue el tribuno Elvio Cinna, cesariano, confundido por equivocación con el pretor conjurado Cornelio Cinna. Este error movió al tribuno de la plebe C. Casca a declarar públicamente que nada tenía de común más que el apellido con el conjurado P. Servilio Casca, cuyos sentimientos estaba bien lejos de compartir: tal declaración era una implícita llamada al pueblo para que prosiguiera en su justicia sumaria, con tal de que no se equivocase al herir. Y estas excitaciones no dejaron de tener sus lamentables ecos y consecuencias. A pesar del gran éxito obtenido por la doble escena del testamento y de los funerales, Antonio no se sentía bastante fuerte para declarar la guerra a los conjurados y sus secuaces, a quienes por el momento protegía la amnistía. Debió, por tanto, proceder con prudencia para conseguir su principal intento, que era el de recoger la sucesión de César; engañar a los republicanos, respecto a sus miras, hizo conferir a Lépidpo poderes para tratar con Sexto Pompeyo. Desde la partida de César de España, había dejado Sexto su refugio de los Pirineos, reclutando gran número de soldados entre los hispánicos y recomenzado con pleno éxito la lucha contra los gobernadores de la provincia ulterior. En su voluntad de conseguir el poder absoluto, Antonio, se preparó el terreno para que al fin, la suerte se decantara de su lado. Había en Italia un elemento de fuerza que no podía desatenderse por quien aspiraba a ocupar el puesto de César: eran los veteranos del dictador, esparcidos por el país, parte de los cuales habían ya recibido sus lotes de tierra, y otros que los esperaban. Antonio cuidó de la suerte de éstos haciéndose dar legalmente la facultad de distribuirlos por las colonias de la Campania, del Samnio y de la Etruria, y fue él mismoa Italia meridional para dirigir sus instalaciones. Los veteranos juraron agradecidos que defenderían el cumplimiento de todos los publicados actos de César, gran número de ellos le siguieron en su regreso a Roma, donde formaron su guardia especial, que le bastaba para imponer su voluntad al Senado y al pueblo. Entonces creyó Antonio poder obrar con mayor libertad respecto a los conjurados. Hasta allí todo había ido de maravilla para el anvicioso cónsul. El pueblo, ignorante de sus ambiciosos planes, aprobaba sin vacilar sus leyes, y el Senado, temeroso de su popularidad, tampoco protestaba. Pero la escena cambió de pronto con la aparición en Roma de un joven cuya emulación, después de inútil resistencia, hizo a Antonio someterse. Ese joven era Cayo Octavio, sobrino de César, como hijo de su hermana Julia y de Cayo Octavio, un plebeyo de Velitrae (Velletri), del rango de los caballeros. Había nacido el año del consulado de Cicerón, y quedado huérfano en su adolescencia. Su tío César se encargó de su educación y lo llevó consigo en la última guerra de España. En el año 709 AUC (ab urbe condita, desde la fundación de Roma) lo elevó al patriciado y lo mandó a Apolonia a terminar sus estudios de las letras griegas y a prepararse para acompañarle también en la proyectada expedición de Oriente. Allí recibió Octavio la terrible noticia del asesinato de César, y supo al mismo tiempo que había heredado su nombre y su fortuna. Volvió, pues, a Roma para tomar posesión del uno y de la otra, y se llamó César Octaviano. Y aquel joven, que contaba apenas 19 años, se halló en Roma frente a frente de Marco Antonio, no como su rival político, puesto que la soberanía de César desapareció con su muerte, sino como el que iba a pedirle cuenta de la usurpación de su patrimonio: porque Antonio, ávido de riquezas, se había apoderado de las de aquél.
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