César el a. 166, augusto y colega de su padre el a. 177, Cómodo es sin duda uno de los emperadores criticados por la historiografía senatorial. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que el disoluto Cómodo se presenta en sus hechos harto más bondadoso y tolerante que su padre el Emperador filósofo. Con Cómodo renació el concepto divino de la monarquía, que el Senado intentara negar a la muerte de Adriano, y se planteó de nuevo el conflicto entre el Emperador - consciente y paciente de las necesidades contemporáneas- y el Senado, obtusamente cegado en el mantenimiento de sus anacrónicos privilegios. El proceso de inflación, que produjo la quiebra de la banca de Roma y que se acusó en este reinado, no fue responsabilidad de Cómodo - que había sabido disminuir los gastos estableciendo la paz en el Danubio en contra de quienes mantenían veleidades imperialistas- ni el aumento del estipendio militar fue capricho o adulación, sino necesidad ante el aumento de los precios. Si Augusto ha sido definido como un juglar que consiguió mantener en equilibrio, sin chocar ni rozarse, fuerzas contrastantes, Cómodo, al igual que sus sucesores, pudiera ser definido también como Emperador de quien se pretendían soluciones milagrosas que complacieran a todos sin exigir la ayuda o el sacrificio de nadie. Es habitual transmitir, al hablar de Cómodo, una serie de anécdotas procedentes de la ironía del círculo senatorial, pero ninguna de ellas resiste a una crítica serena ni puede ser, a su vez, tema para una crítica desventajosa de la política de Cómodo. Su asesinato fue exclusivamente consecuencia de una conjura de corte sin, deber es reconocerlo- participación del Senado, del ejército - que siempre le fue fiel- ni del pueblo de Roma.