Cayo Mesio Quinto Trajano Decio procedía de una familia romana, establecida en la Panonia inferior. Con él se abre la serie de aquellos varoniles emperadores ilíricos que demostraron que el Imperio, a pesar de la anarquía militar de que era presa, se bastaba aún para hacerse respetar de los bárbaros que por todas partes lo estrechaban.

El ideal de este emperador fue el contener la disolución interior del Estado, restableciendo la disciplina y las antiguas costumbres. Su obra primera fue el restablecimiento de la censura, olvidada desde el tiempo de Claudio y Domiciano, haciendo que el Senado nombrase el nuevo censor para darle más autoridad. La elección recayó en Valeriano, a quien en breve hemos de ver elevado al trono; pero Valeriano era demasiado listo para no comprender el peligro a que el ejercicio de tal magistratura le exponía entre el predominio de la fuerza brutal, y declinó el insidioso honor observando que el cargo de censor debía ser inseparable de la dignidad imperial.

La misma razón que indújo a Decio al restablecimiento de la censura le decidió a decretar la persecución de los cristianos. El edicto que expidió contra ellos a principios del año 250 es el comienzo de aquel castigo con carácter universal y sistemático. Esta orden exterminadora se dictó, más que contra los sectarios religiosos, contra los adversarios políticos. La paz que los cristianos disfrutaron en los últimos 40 años, no sólo había aumentado mucho su número, sino fortificado también su organización social. El episcopado, que en los tiempos anteriores aparece como un campeón modesto de las sociedades cristianas, preséntase ahora con un verdadero elemento directivo que tiende a dilatarse siempre en menoscabo de las libertades sinodales. Por esto recomendó Decio en su edicto a los gobernadores que no perdiesen de vista a los obispos. Pero aquella larga paz había producido a los cristianos mayor perjuicio; la corrupción de la vieja sociedad se había infiltrado en la nueva y difundido hasta el punto de apagar en ella el espíritu de disciplina y de abnegación que fue la gloria de los primeros tiempos cristianos.

Los godos invadieron las provincias danubianas del Imperio en el mismo año que Decio emitía el edicto contra los cristianos. Se ignoran los motivos próximos que indujeron a los bárbaros, en la mitad del siglo III, a recomenzar sus hostilidades contra Roma. El historiador Jordán nos habla de donativos señalados a los jefes godos por los anteriores emperadores, y suprimidos por Filipo el Árabe. Sin negar este hecho, Bertolini opina que a la invasión goda dieron principalmente impulso las desavenencias nacidas entre las legiones situadas sobre la frontera del Danubio. El mismo Jordán nos cuenta que algunas de aquellas tropas, licenciadas por Decio, pidieron auxilio a los godos; esto explicaría la creciente audacia de los bárbaros, los cuales no se contentaron con meras correrías, sino que aspiraron a conquistar territorios del Imperio donde establecerse.

La iniciativa de este nuevo objetivo de las hordas bárbaras fue tomada por el numeroso pueblo de los godos. Ya antes de aquel movimiento aparecen éstos divididos en dos distintos grupos, el de los greutungios y el de los tervingios; el primero, que llevó más tarde el nombre histórico de Ostrogodos, o godos orientales, moraban entre el Don y Dnieper; el segundo, llamado más tarde de los Visigodos, o godos occidentales, derramábase y llegaba hasta las pendientes sudoeste de los carpacios. Sobre ambos grupos imperaba entonces el rey Gniva, el cual, aprovechando la guerra civil provocada por la exaltación del general Decio, invadió la Mesía, que había quedado casi sin guarnición. La resistencia opuesta a los bárbaros por las fortalezas de Marcianópolis y de Caova, y el pronto término de la guerra civil en Verona, les obligaron a dejar la Mesía, en cuyo socorro había ido desde el campo veronés el hijo del vencedor Decio, Erenio Etrusco, y a volver a Tracia atravesando las montañas del Emo (los modernos Balcanes), asaltando a Filipopólis. En defensa de esta ciudad acudió el gobernador de la Macedonia, Lucio Prisco; pero Cniva lo derrotó en Berve, y se lo atrajo luego halagando su ambición con la promesa de la púrpura. Por esta traición de Prisco cayó Filipopólis en poder de los bárbaros, que se bañaron en la sangre de sus habitantes.

Para reparar tamaño desastre, acudió el emperador Decio, a finales del año 250, al teatro de la guerra y, recogiendo los restos del ejército de Berve dedicóse el valeroso estratégico a bloquear con hábiles maniobras al enemigo, para facilitar su exterminio. Al animoso tribuno M. Aurelio Claudio, que 18 años después debía subir al trono y salvas el Imperio, confió la defensa del paso de las Termópilas para cubrir el Peloponeso; y a Treboniano Galo el encargo de cerrar al enemigo la retirada, guardando los del Danubio. Hechos estos aprestos, llevó al ejército contra los bárbaros, y los derrotó en algunos encuentros, pero en la jornada decisiva que se libró en Forum Trebonii (la moderna Abrito) perdió la batalla y la vida (noviembre del 251).