Los historiadores cristianos pretenden que Filipo el Árabe lo fue también. Eusebio habla de cartas escritas por Orígenes al emperador como de maestro a discípulo. Pero en todo caso lo cristiano de Filipo no pudo ser más que nominal, puesto que no aparece huella alguna de él en sus obras, y las medallas de su tiempo tienen un caráter enteramente pagano. Lo único que hay en aquel sentido es el saber que dejó en paz a los secuaces del Evangelio; pero en esta tolerancia no fue, como es notorio, el único emperador que la tuvo.

El valor militar fue el principal título de su exaltación; mas apenas fue soberano pareció renunciar a él, concluyendo con el rey persa Sapor una paz más favorable al vencido que al vencedor. Los soldados murmuraron, pero los acalló con donativos cuantiosos. Le importaba llegar pronto a Roma, para evitar la aparición de un rival, y esto le hizo, sin duda, obrar así. Pero esto no le impidió tomar el título de Parthicus Maximus (año 244). Al año siguiente fue a Dacia para combatir a los carpios, que ayudados por sus vecinos germánicos devastaban la provincia, y pasó tres años más en la región del bajo Danubio, luchando, no sin gloria, contra los bárbaros. Dejó, sin embargo, más en apariencia que en realidad, pacificado el país, y el Imperio vio bien pronto presentársele sus hordas más amenazadoras que nunca.

Cuando Filipo volvió de su expedición danubiana, Roma cumplía, según la cronología varroniana, el milésimo año de su existencia. Para honrar este gran recuerdo, desplegóse toda la magnificencia de las fiestas imperiales, a las que correspondió el popular entusiasmo. El historiador Osorio pretende que Filipo dedicó mentalmente la gran solemnidad a Jesús: ¡dedicación curiosa hubiera sido aquélla, hecha con ceremonias paganas! Pontifices y sacerdotes celebraron durante tres días y tres noches, y en presencia del emperador, sus sacrificios a orillas del Tiber, mientras que veintisiete parejas juveniles, cuyos padres vivían aún, pedían con sagrados himnos a los dioses la prometida eternidad de Roma.

Pero las fiestas romanas fueron bruscamente interrumpidas por las notícias de Oriente. Filipo había distribuido entre sus deudos los altos cargos del Estado, y un hermanos suyo, Prisco, desempeñaba el gobierno de Siria, y su cuñado, o su yerno, Severiano, el de la Mesia. Los rigores de uno y otro provocaron la sedición del ejercito. Dos nuevos emperadores fueron aclamados por las legiones: en Siria un tal Yotapiano, que decía descender de Alejandro el Macedonio; en Mesia, el tribuno Marino. Y aunque los dos usurpadores desaparecieron a poco, el espiritu rebelde siguió subsistiendo en las tropas.

Filipo mandó a Decio para restablecer en Iliria la disciplina del ejército, y éste proclamó emperador a Decio mismo, el cual, por temor a los peligros de la negativa, aceptó, pero escibiendo al emperador que apenas llegase a Roma depondría la púrpura. Mas Filipo no se fio de la promesa y, reuniendo prontamente las milicias de Italia, corrió contra el nuevo rival. Le encontró en Verona; mas fue por él vencido y muerto. Con Filipo pereció su hijo de doce años, que combatía a su lado. (Octubre del 249).